
Uno tan tranquilo. Con su vida planificada. Siendo diferente, asumiéndolo sin pretenderlo. En peligro de extinción y encima blanco entre congéneres de colores pardos y oscuros; en un lugar donde lo que se lleva precisamente son los tonos pardos y oscuros. Preocupándose lo justo para aprovechar el momento que vive. Alimentándose de forma sana con hierbas y verduras casuales sin saber que es vegetariano y que el verano está a la vuelta de la esquina. Sin conocer el rencor, la envidia, la soberbia, la vanidad o la ira. Tan sólo alguna coz de vez en cuando a algún compañero de cuadra.
Y luego otro animal observándole. Con sus miedos, prejuicios, soledades, malos hábitos, con corbata en camiseta y dándole importancia a algo muchísimo menos importante que una zanahoria o un berro. Y creyendo en la comunicación no verbal entre burro y hombre. (Aunque sea una idea redundante, y digo redundante, que más de una y dos veces he leído "rebuznante" o "rebundante". Algo que no tiene nada que ver con el bello arte de la comunicación de los burros que transmiten sus conocimientos de generación en generación, el rebuznarte) Él lógicamente no me entendió aunque le hablé, tan sólo parecía decir: "me aburro". En cambio, yo a él le entendí que no le hiciera fotos, cosa que intuí al verle cómo intentaba comerse mi cámara.