
La verdad es que no sé cómo llegué a
Haruki Murakami. O si tal vez, fuese él el que me encontró a mí sin conocerme absolutamente de nada. Supongo que esta es la sensación que tienen muchos de los millones de seguidores que leen sus obras y esperan con avidez cualquier nuevo libro de
Murakami. No sé si lo que me atrajo fueron sus
excentricidades; no le gusta la fama, le gustan las canciones
pop, las series de televisión, la sencillez, etc, o, tal vez fuera motivado por la atracción irrefrenable que siento hacia Japón y sus
distintas expresiones. También me producía curiosidad comprobar qué era lo que provocaba el hecho de que fuera un escritor adorado y despreciado en igual medida por los propios compañeros de gremio japoneses, que le consideran un escritor
vendido a los encantos de Occidente olvidando su raíz nipona o
considerándole un maestro.
Leyendo
Tokyo Blues - Norwegian wood, me ha ocurrido lo que sucede con los grandes libros: que de alguna manera, te encuentras sin buscarte. Te encuentras tú y encuentras a muchas de las personas que te rodean o te han rodeado en la vida. Y no reflejado precisamente en bonitos tonos pastel, sino en pequeños mosaicos animados de nuestras miserias humanas. Mostrando esos
resentimientos que surgen de la nada absoluta como la soberbia, la envidia, los celos, la ironía metálica, el egoísmo, etc. Definiendo con lucidez cuando actuamos como pequeños
humanoides alejándonos de nuestra mejor versión, o cuando no nos reconocemos en el espejo tras analizarnos severamente.
Conocedor de la psicología humana y sus patrones de
comportamiento, nos dibuja con enorme precisión y sencillez en nuestros pequeños actos irracionales, aunque en ocasiones hurgue certeramente en nuestras oscuridades. Pero en su escritura, al lado de esa oscuridad, siempre hay algo de luz. Sabe jugar
magistralmente con los contrastes de la luz y el amor.
Junto a la sombra, la luz, junto a la sombra, la luz...
Junto al amor, el dolor, junto al amor, el dolor...